Bartolomé Bermejo

Bartolomé de Cárdenas, conocido como El Bermejo (1440-1501), es uno de los artistas más fascinantes del siglo XV. Su indudable maestría técnica y la originalidad de varias de sus composiciones han provocado la admiración de numerosos especialistas internacionales durante décadas. Por primera vez, esta excepcional exposición reúne varias obras del artista, localizadas en museos y colecciones en España, alrededor de Europa y en los Estados Unidos.

Estructurada en ocho secciones, la exposición ofrece una visión general de la carrera artística de Bermejo, permitiendo apreciar a los visitantes sus principales creaciones y aprender de sus conexiones con otros artistas de la época como Martín Bernat, Rodrigo de Osona, Fernando Gallego y el Maestro de la leyenda de Santa Lucía.

Las escasas noticias biográficas a nuestra disposición indican que Bermejo tuvo una carrera profesional complicada. Nacido en tierras cordobesas, es muy posible que su condición de judeoconverso le encaminara a una vida itinerante que, cuando menos, le llevó a residir en Valencia, Daroca, Zaragoza y, finalmente, Barcelona. Para sortear las limitaciones gremiales de la época, a menudo se asoció con maestros locales mucho menos cualificados, circunstancia que dio lugar a situaciones conflictivas, como el abandono de algunos encargos e incluso a recibir una sentencio de excomunión. Pese a ello, la orgullosa utilización de su alias – quizá adoptado por algún rasgo físico -, el Bermejo, con el que firmó de manera particular algunas de sus obras más innovadoras, certifica que nos hallamos ante un pintor con una personalidad acusada, probablemente consciente y orgulloso de sus habilidades.

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El trabajo de Bermejo se fundamenta en el uso de las potencialidades pictóricas de la entonces novedosa técnica del óleo. A partir de esta premisa supo desarrollar un personal lenguaje de signo realista, especialmente atento a los efectos ilusionistas pero también a la definición de espectaculares gamas cromáticas. Su principal referente fue la pintura flamenca, la escuela inaugurada por Jan Van Eyck y Rogier van der Weyden que, en la segunda mitad del siglo XV, había conquistado toda Europa, incluida Italia. Aunque se ha especulado con que Bermejo pudo formarse en los talleres septentrionales, es más posible que su aprendizaje tuviera lugar en la cosmopolita Valencia del segundo tercio del siglo XV, una ciudad abierta tanto a los modelos flamencos como a los italianos, de los que el pintor cordobés también se hizo eco.

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Junto a su destreza técnica, sorprende también su capacidad para desarrollar nuevas interpretaciones de todo tipo de temas e iconografías. Su inquietud por seguir explorando nuevos terrenos, especialmente en el ámbito del paisaje y el retrato, le permitió concebir algunas de sus obras más complejas e innovadoras en el último periodo de su trayectoria profesional. Todo ello fue advertido por una serie de selectos comitentes, desde grandes eclesiásticos y nobles hasta distinguidos mercaderes, así como por sus colegas de profesión, que a menudo imitaron sus composiciones.

Tras su muerte, su nombre y obra cayeron en el olvido. Su recuperación se produjo a finales del siglo XIX, cuando algunas de sus tablas más señaladas despertaron el interés tanto de destacados coleccionistas internacionales como de falsificadores de pintura antigua. En 1926, el historiador valenciano Elías Tormo le dedicó una primera monografía, que lo consagró como uno de los primeros paradigmas de la pintura española. Un magnífico maestro al que esta exposición pretende tributar un merecido homenaje y dar a conocer al gran público.

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